La Sesión de Apertura

 

Sesión de Apertura de la Investigación Diocesana
sobre la vida, las virtudes y la reputación de santidad
del Siervo de Dios Juan Pablo II (Karol Wojtyła) Sumo Pontífice
reflexiones conclusivas del Cardenal Vicario Camillo Ruini
Roma, Basílica de San Juan de Letrán, 28 junio 2005


     El pasado 13 de Mayo, día de la Virgen de Fátima, el Santo Padre Benedicto XVI en esta misma Basílica Lateranense, terminado su primer discurso al clero romano, anunciaba que había concedido la dispensa del tiempo de cinco años de espera después de la muerte del Siervo de Dios Juan Pablo II (Karol Wojtyła) y por lo tanto su Causa de Beatificación y Canonización podía comenzar de inmediato. Habían pasado sólo 41 días desde la muerte de Juan Pablo II y era el 24° aniversario del atentado que sufrió en la Plaza de San Pedro el 13 de Mayo de 1981.


     Seguro de interpretar vuestro sentimento unánime, deseo renovar al Santo Padre Benedicto XVI la expresión de la más viva gratitud de la Diócesis de Roma, de la de Cracovia y de todo el mundo por esta decisión, aceptando la petición de un gran número de Padres Cardenales, que se hicieron portavoces de la coral y ardiente súplica elevada por el pueblo de Dios en los días inolvidables de la muerte y de las exequias de Juan Pablo II.


     Parece inútil añadir algo ahora - como es costumbre siempre al terminar la sesión de apertura del proceso diocesano sobre la vida, las virtudes y la fama de santidad de un Siervo de Dios - para ilustrar la figura de Juan Pablo II y dar una motivación a la apertura de su Causa de Beatificación y Canonización, puesto que su persona es universalmente conocida y profundo y unánime el convencimiento de su santidad. Lo que voy a decir nace, sin embargo, de mi corazón y espero que pueda encontrar una feliz correspondencia en el de cada uno de vosotros.

 

Sessione di Apertura

Basilica S. Giovanni in Laterano

Altra foto

     Karol Jósef Wojtyła nació en Wadowice el 18 de mayo de 1920, de Karol y de Emilia Kaczorowska, padres profundamente católicos, y fue bautizado el 20 de junio del mismo año en la iglesia parroquial de Wadowice. Hacía poco tiempo que Polonia había recuperado su unidad e independencia y sólo dos meses después, el 16 y 17 de agosto, supo defenderla victoriosamente para sí y para Europa, rechazando la invasión del Ejército Rojo en la batalla llamada "el milagro del Vístula". Menciono este acontecimiento, que permitió al niño y al adolescente Karol crecer y formarse en un contexto social y cultural serenamente marcado por el catolicismo, porque he escuchado personalmente a Juan Pablo II recordar en muchas ocasiones, con emocionada gratitud, el "milagro del Vístula".


     En septiembre de 1926 Karol, llamado familiarmente Lolek, empezó a frecuentar la escuela elemental. Más tarde, siendo aún un niño de nueve años, el 13 de abril de 1929, perdió a su madre, prematuramente fallecida por enfermedad a los 45 años. Un mes después recibió la primera comunión. En 1930 pasó a la escuela secundaria, en el Instituto Estatal de Wadowice, eligiendo el curso neoclásico. De nuevo el 5 de diciembre de 1932, Karol recibió otro gravísimo golpe: la muerte del hermano mayor Edmund, joven médico que perdió la vida curando a los enfermos de una epidemia de escarlatina. A solas con su padre, fue guiado por éste hacía una vida en la que la oración y la ascesis tuvieron un espacio determinante, y en la que encontraron un lugar adecuado no sólo el estudio, sino también el juego, la alegría y el deporte. Otra persona que contribuyó enormemente a la formación cristiana de Karol fue el Padre Kazimierz Figlewicz, joven sacerdote que desde 1930 enseñaba el catecismo en la escuela de Wadowice y cuidaba de los monaguillos, entre ellos Karol, en la parroquia. El pequeño Wojtyła se confesaba con él, lo admiraba y se encariñó profundamente con él. Por su parte, el sacerdote describió a Karol como "un joven vivacísimo, de gran talento, muy listo y buenísimo".

 

Vista dall'alto della Basilica di San Giovanni in Laterano

Momenti di forte emozioni

     Los rasgos particulares de la piedad en los que el joven fue formado fueron el amor hacia la Virgen María y la devoción al Espíritu Santo, características que permanecerán profundamente impresas en su alma y a las cuales fue siempre fiel. Su vida religiosa fue alimentada por la asidua oración personal, la frecuentación de los sacramentos, las prácticas de piedad, en particular las peregrinaciones a los santuarios marianos, y también a través de su compromiso en las asociaciones católicas: en la vigilia de la Asunción de 1934 entró en el Sodalicio Mariano de su parroquia y dos años después llegó a ser su presidente. Ya en 1934 Karol empezó también a tomar parte en algunas representaciones y dos años después inició una colaboración intensa con el director teatral de vanguardia Mieczysław Kotlarczyk, enamorado del teatro y profundamente creyente.


     El 3 de mayo de 1938 recibió la confirmación, el 27 del mismo mes consiguió el diploma de bachillerato: fue elegido para pronunciar el discurso de despedida en la ceremonia de entrega del diploma. En el mes de agosto se trasladó con su padre a Cracovia, para inscribirse en la facultad de filosofía de la Universidad Jagiellonica, y seguir los cursos de filología polaca. Como escribió en su libro Don y Misterio, este camino introdujo el futuro de Juan Pablo II "en el mismo misterio de la palabra".
 

     Pero al estallar la segunda guerra mundial, iniciada con la invasión de Polonia el 1 de septiembre de 1939, cambió radicalmente el curso de la vida de Karol. En la primavera de aquel año había ya terminado el volumen de poesías, entonces inéditas, Salmo renacimental, libro eslavo del que forma parte el himno Magnificat, en el que se lee: "he aquí, lleno hasta el borde el cáliz con el fruto de la vid en Tu banquete celestial – yo, Tu siervo orante – agradecido porque misteriosamente hiciste angélica mi j uventud, porque de un tronco de tilo esculpiste una forma robusta. Tu eres el mejor de todos, omnipotente tallador de santos!". Estas palabras, que no podemos escuchar sin conmovernos, hablan alto no sólo de la vida, de la profundidad espiritual, de la comprensión de sí y del genio poético del joven Wojtyła, sino también, proféticamente, de cómo la Providencia ha esculpido su figura y su persona a través de los dramas y de los imprevistos de la historia.


     La universidad Jagiellonica tuvo que interrumpir los cursos y, en septiembre de 1940, para evitar la deportación a los trabajos forzados en Alemania, el joven Karol empezó a trabajar como obrero en una cantera de piedra vinculada a la fábrica química de Solvay, donde trabajó al año siguiente. Cómo esta experiencia influyó en él, cómo le permitió tener una visión más profunda y completa de la realidad y de la fatiga de la vida además que de la solidaridad entre los hombres, ha quedado expresado de manera emblemática en un verso del poema La cantera de piedra, escrito en 1956: "toda la magnitud del trabajo está en el hombre".


     El 18 de febrero de 1941 el padre, enfermo desde hacía mucho tiempo aunque no en peligro de muerte, falleció de repente. Karol pierde así el último y fortísimo vínculo y afecto familiar. Más tarde recordará: "nunca me había sentido tan solo como en aquella noche de vela y de oración, no obstante la presencia de un amigo".
 

     La vida, en la Polonia ocupada, era terriblemente dura, la Iglesia sistemáticamente perseguida, muchísimos sacerdotes asesinados o encarcelados. A pesar de ello, y precisamente en medio de esa situación, el joven Wojtyła no sólo continuó escribiendo, en particular componiendo dramas, y recitando en el "teatro rapsódico" clandestino, alimentando así la resistencia moral a la opresión nazi y la identidad espiritual y cultural polaca, sino que continuó profundizando en su experiencia religiosa, sobre todo en contacto con Jan Tyranowski, un sastre de alta espiritualidad y un auténtico forjador de jóvenes, que lo dirigió en la literatura de los grandes místicos del Carmelo: San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila, y al encuentro con el Tratado de la verdadera devoción a la Santa Virgen de San Luis María Grignon de Monfort, gracias al cual comprendió más profundamente la unión entre María y Cristo, y del cual tomó el lema mariano "Totus Tuus", auténtico emblema de su vida y no sólo de su episcopado. Las peregrinaciones al santuario mariano de Kalwaria contribuyeron a delinear el camino de oración y de contemplación, que orientaría los pasos del joven Karol hacia el sacerdocio.


     Profesores y amigos, ya en Wadowice y después en Cracovia, le habían dicho muchas veces que les parecía destinado al altar, pero Karol siempre se había resistido a esta idea, sobre todo porque se sentía atraído por otra vocación: la del teatro, las artes y las letras. En el misterio de la llamada al sacerdocio, y de la acogida de la misma por parte de Karol, tuvo un papel decisivo, como afirma Juan Pablo II en el libro Don y Misterio, la gran figura de Adam Chmielowski, el Santo Fray Alberto, célebre patriota y pintor polaco que tuvo la fuerza de romper con su arte cuando comprendió que Dios lo llamaba para servir a los desheredados y para compartir su vida con ellos. A él Karol Wojtyła le dedicó el drama Hermano de nuestro Dios; más tarde, siendo ya Papa, lo beatificó en Polonia en 1983 y lo canonizó en Roma en noviembre de 1989, mientras caía el telón de acero.


     La vocación sacerdotal de Karol llegó a su plena madurez a lo largo de 1942 y en el otoño de ese año decidió secretamente entrar en el seminario de Cracovia, que funcionaba en la clandestinidad, sin dejar su trabajo de obrero. Al mismo tiempo, en su camino de formación sacerdotal en la Facultad teológica de la universidad Jagiellonica, también clandestina, empezó el estudio sistemático de la filosofía, en particular de la metafísica. El Cardenal Arzobispo de Cracovia, Príncipe Adam Stefan Sapieha, instaló poco después el seminario clandestino en su residencia personal y aquí el seminarista Wojtyła encontró un refugio desde septiembre de 1944 y vivió la liberación de Cracovia por el Ejército Rojo, el 18 enero de 1945. El año académico 1945-46 se desarrolló regularmente y el Cardenal Sapieha, al decidir que Karol Wojtyła completase sus estudios en Roma, lo ordenó sacerdote antes que a sus compañeros de curso, el 1 de noviembre de 1946, en su capilla privada. Muy emocionante es la descripción que Juan Pablo II nos ha dejado, en Don y Misterio, de su ordenación y de las tres Santas Misas que fueron celebradas por el neo-sacerdote el día después, 2 noviembre, en la cripta de San Leonardo de la Catedral de Wawel.

 

     A finales de aquel mes de noviembre Don Karol estaba ya en Roma, inscrito en los cursos de licenciatura en teología en el Pontificio Ateneo Angelicum, donde destacaba la figura del Padre Réginald Garrigou Lagrange, O.P., relator de la tesis doctoral Doctrina de fide apud S. Ioannem a Cruce (la doctrina sobre la fé según S. Juan de la Cruz), que Don Karol defendió el 19 de Junio de 1948. Viviendo durante dos años en el Colegio Belga, en un ambiente cultural y teológicamente muy vivo, el joven sacerdote polaco se sintió animado por un fuerte deseo de "estudiar Roma", deseo que le transmitió sobre todo el Rector del Seminario de Cracovia, P. Karol Kozłowski; y, efectivamente, de Roma no sólo aprendió la historia y la belleza, sino que asimiló el aire universal católico, que se injertaba espontáneamente en la gran tradición católica polaca. Don Karol en las vacaciones de verano visitó también Francia, Holanda y Bélgica, en donde conoció las nuevas problemáticas pastorales expresadas en la fórmula "Francia, país de misión"; pero, por otra parte, tras detenerse en Ars y del encuentro con la figura de San Juan María Vianney, llegó a la convinción de que el sacerdote realiza una parte esencial de su misión a través del confesionario, como él mismo afirmó en el libro Don y Misterio. La actitud con que ya entonces Don Karol se enfrentaba a la vida está muy bien expresada en sus palabras, citadas por un compañero suyo sacerdote: "es necesario organizar la vida de manera que toda ésta pueda glorificar a Dios".

 

Il Card.

Camillo Ruini

Il Postulatore,

Mons.

Sławomir Oder

     De nuevo en Polonia, fue enviado a Niegowic como Vicario parroquial; al año siguiente fue llamado a Cracovia como Vicario Parroquial en la parroquia de San Florián para empezar una capellanía para los estudiantes universitarios. A pesar de los obstáculos puestos por el régimen comunista, dio prueba de una extraordinaria capacidad educativa y de creatividad pastoral y cultural: en efecto, supo cómo penetrar en la inquietud del corazón de los jóvenes y entrar en profunda sintonía con ellos, introduciéndolos al mismo tiempo en la verdad, en la belleza y en la complejidad de la persona, de la crucifixión y la resurrección del Señor Jesús. Desde entonces, empezó a ejercer sobre ellos aquel atractivo maravilloso que manifestará como Pontífice, a través de las Jornadas Mundiales de la Juventud.


     Después de la muerte del Cardenal Sapieha, el Arzobispo Eugeniusz Baziak quiso, sin embargo, que Don Karol se dedicase a la docencia universitaria y, desde el 1 de septiembre de 1951, le concedió dos años sabáticos para escribir la tesis, que le permitiría obtener una cátedra: Valoraciones sobre la posibilidad de construir una ética cristiana basada en el sistema de Max Scheler. Este estudio, que obtuvo la aprobación académica el 30 de noviembre de 1953, permitió al joven sacerdote penetrar el pensamiento fenomenológico, llegando a la conclusión de que la fenomenología es un instrumento importante y precioso para investigar las dimensiones de la experiencia humana, que necesita, sin embargo, fundarse en la concepción realística del ser y del conocimiento, cosa que Don Karol ya había profundizado en estudios anteriores. Se evidencia así la dirección de fondo de su proyecto filosófico personal, que pretende vincular la objetividad y el realismo del pensamiento clásico con el subrayado moderno de la subjetividad y la experiencia, y que culminará en la importante obra Persona y Acto, publicada en 1969, cuando Karol Wojtyła ya era Cardenal. Esta orientación de fondo quedará bien evidente en su enseñanza como Pontífice: quiero recordar sólo las primeras páginas de la Encíclica Dives in misericordia, con el principio de la conjunción "orgánica y profunda" de teocentrismo y antropocentrismo.

 

     La supresión de la Facultad de Teología de la universidad Jagiellonica, decretada por el régimen en 1954, hizo que el nuevo Profesor realizara su carrera universitaria no en Cracovia, como estaba previsto, sino en la Universidad Católica de Lublin, desde el otoño de 1954, obteniendo en noviembre de 1956 la cátedra de ética en la Facultad de Filosofia, en donde continuó hasta 1961 una regular actividad académica. Son estos los años de sus continuos viajes en tren, entre Cracovia y Lublin: Karol Wojtyła, que, en efecto, había aceptado sólo por obediencia los dos años sabáticos concedidos por el arzobispo Baziak, prosiguió una intensa actividad pastoral en Cracovia, sobre todo con los jóvenes, compartiendo con ellos incluso las vacaciones. Además continuó escribiendo dramas y poesías.


     Mientras estaba de vacaciones con los jóvenes, el 4 de julio de 1958, Don Karol supo por el Cardenal Primado de Polonia Stefan Wyszyński que había sido nombrado Obispo Auxiliar de Cracovia por el Papa Pío XII, a la edad de a penas 38 años, y fue consagrado en la Catedral de Wawel el 28 de septiembre, fiesta de San Venceslao, patrón de la misma Catedral, por el Arzobispo Eugeniusz Baziak. En el libro Levantaos, ¡Vámonos! el mismo Juan Pablo II describe ampliamente estos acontecimientos y el ánimo con que los vivió. Ya la misma noche de su ordenación fue en peregrinación al santuario de Częstochowa, con sus amigos más intimos, y a la mañana siguiente celebró la Santa Misa ante la imagen de la Virgen Negra.


     Después de la muerte del Arzobispo Baziak, Mons. Wojtyła, el 16 de julio de 1962, fue nombrado Vicario Capitular de la Archidiócesis de Cracovia por el Capítulo Metropolitano. Un año y medio después, Pablo VI, el 13 de enero de 1964, lo promovió a Arzobispo metropolitano y el 8 de marzo tomó solemne posesión de la Archidiócesis. Fueron estos los años en los que Mons. Wojtyła participó intensamente en el Concilio Vaticano II, teniendo una aportación extraordinaria en la elaboración de la Constitución Gaudium et Spes, en la Declaración sobre la libertad religiosa, en la Constitución Lumen Gentium y en el Decreto sobre el apostolado de los laicos.

 

Altro momento della Memorabile Sessione

La Commissione

     La experiencia del Concilio fue decisiva para el Episcopado de Cracovia y para el Pontificado de Karol Wojtyła, completando armoniosamente toda su formación y experiencia anteriores. Permaneció esculpida en él la convinción de que el Vaticano II es "el acontecimiento clave de nuestra época" (Discurso al clero romano del 14 de febrero de 1991).


     Para poner en práctica el Concilio y permitir a toda la Archidiócesis revivir este acontecimiento, el Arzobispo Wojtyła, creado Cardenal por Pablo VI en el Consistorio del 26 de junio de 1967, convocó el Sínodo de Cracovia el 8 de mayo de 1972, después de un año de intensos preparativos: fue un Sínodo con una participación extraordinaria y cautivadora, que duró siete años y lo concluyó el mismo Juan Pablo II el 8 de junio de 1979, en el IX centenario de San Estanislao. Estanislao es también el nombre de su fidelísimo Secretario, Mons. Dziwisz, que todos apreciamos enormemente, que compartió con él su vida durante 39 años y ahora le sucede en la Cátedra de Cracovia, después del Cardenal Franciszek Macharski, otro amigo de siempre y colaborador precioso de Juan Pablo II.


     Si me permiten intentar una síntesis de los veinte años en que Karol Wojtyła fue Obispo de Cracovia, diría que, apoyándose en la completa confianza en la Divina Misericordia de la que se había alimentado siempre, sobre todo a través del encuentro con Sor Faustina Kowalska - que proclamó Beata el 18 de abril de 1993 y Santa el 30 de abril de 2000 - supo sintetizar su fuerza intelectual y su genio artístico con aquel fuerte amor que el Espíritu Santo le había infundido a Cristo, a la Iglesia, y a los hombres. De esta manera logró ser un Pastor capaz de entender, guiar y hacer crecer a su clero y a su pueblo, incluso en situaciones de extrema gravedad. No sólo supo resistir a la presión del régimen, sino también minar sus fundamentos, en el plano cultural y humano, además que espiritual, según las grandes intuiciones que después recogerá en la Encíclica Centesimus Annus. Fue el Obispo que tiene y que debe tener coraje, como escribió en el último capítulo de Levantaos, Vámonos!, y al mismo tiempo fue el hombre y el testigo del amor y del perdón, que vence el mal con el bien, según las palabras del apóstol Pablo (Rom 12,21) recordadas en su último Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz.


     El 16 de octubre de 1978, según el proyecto de la Providencia de Dios, Karol Wojtyła fue elegido Obispo de Roma y Pastor universal de la Iglesia. Los ventiséis años y medio de su pontificado están esculpidos en la memoria y en el corazón de todos nosotros y no es necesario repetirlos. Todos recordamos, en efecto, su fuerte invitación en el inicio solemne de su ministerio, el 22 de octubre de 1978: "no tengáis miedo! Abrid de par en par las puertas a Cristo!". Invitación a la que él mismo fue el primero en ser siempre fiel.


     Todos recordamos sus numerosos viajes apostólicos para difundir el anuncio de Cristo, nuestro único Salvador, en todas las partes de la tierra; sus visitas a las parroquias de Roma, el afecto y el cuidado constantes con que guió esta Diócesis, a través del Sínodo, de la Misión Ciudadana, del Gran Jubileo que comprometió a todo el mundo. Recordamos la extraordinaria iniciativa pastoral de las Jornadas Mundiales de la Juventud, que han abierto una nueva y gran vía para el encuentro de los jóvenes con Cristo.


     Y no podemos olvidar el amor y la diligencia para con la humanidad, siempre amenazada, que lo condujo a una incansable acción para evitar las guerras y restablecer la paz, para asegurar a los pueblos más pobres, a los últimos de la tierra, una esperanza de vida y de desarrollo, para defender la dignidad intocable de toda existencia humana desde su concepción hasta su fin natural; para tutelar y promover a la familia y al auténtico amor humano.


     No podremos nunca olvidar su capacidad de previsión y el coraje con que contribuyó a derribar el muro que dividía a Europa y a recordar a la misma sus raíces cristianas. La generosidad con que se gastó por la unidad de los cristianos, sentida como concreta e imprescindible voluntad de Jesús; el empeño para que las religiones fueran portadoras de paz entre los pueblos. La sinceridad desarmante con que pidió perdón por los pecados de los hijos de la Iglesia y al mismo tiempo la fuerza y la tenacidad con que defendió y proclamó el vínculo indisoluble de la Iglesia con Cristo y la integridad de la doctrina católica.

 

Nemerosa la partecipazione di Cardinali, Vescovi, Clero e popolo di Dio.

Altra foto

     De esta doctrina, de su verdad y de su importancia para el hombre de hoy, son expresión ilustre sus 14 Encíclicas, el Catecismo de la Iglesia Católica y todos sus documentos y discursos. Las 15 Asambleas del Sínodo de los Obispos que convocó, y la promulgación de los Códigos de Derecho canónico de la Iglesia Latina y de las Iglesias orientales son testigos de su solicitud por la colegialidad del Episcopado, la unidad y la vida de la Iglesia.
 

     En la raíz de toda esta infatigable acción apostólica está sin duda la intensidad y la profundidad de la oración de Juan Pablo II, de la que muchos de nosotros somos testigos directos, de aquella íntima unión con Dios que lo acompañó desde su juventud hasta el momento en que terminó su existencia terrena. Deseo recordar sus palabras, pronunciadas poco después de iniciar su Pontificado, el 29 de octubre de 1978, en el Santuario de la Mentorella: "La oración ... es ... el primer deber y casi el primer anuncio del Papa, así como es la primera condición de su servicio en la Iglesia y en el mundo".


     Pero hay otra dimensión, igualmente decisiva, del vínculo que unió a Karol Wojtyła a Cristo Salvador y a la humanidad redimida por El: es el vínculo de la sangre. En el breve poema Stanisłlaw, escrito pocos días antes del Cónclave que lo elegió Papa, escribió: "si la palabra no convierte, será la sangre a convertir". Su propia sangre Juan Pablo II la donó realmente en la Plaza de San Pedro, el 13 de mayo de 1981, y después, no la sangre sino toda su vida, la ofreció durante los largos años de su enfermedad. En fin, su sufrimiento y su despedida, su bendición, ya sin voz, desde la ventana, al terminar la Santa Misa de Pascua, fueron para toda la humanidad un testimonio extraordinariamente eficaz de Jesucristo muerto y recucitado, del significado cristiano del sufrimiento, de la muerte y de la fuerza de salvación que en ellas se puede encontrar, en último análisis del verdadero rostro del hombre redimido por Cristo. Por eso los días de sus exequias fueron, para Roma y para el mundo, días de extraordinaria unidad, de reconciliación, de apertura al espíritu de Dios.

 

     El Cardenal Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI, centró su homilía de la Misa de exequias del viernes 8 de abril en la Plaza de San Pedro, en la palabra "sígueme", palabra que Jesús resucitado dirigió a Pedro cuando le encargó apacentar a su rebaño (Gv 21, 15-23), individualizando en el seguimiento de Cristo la síntesis de la existencia de Karol Wojtyła, Juan Pablo II, y concluyó diciendo: "podemos estar seguros de que nuestro querido Papa ahora está en la ventana de la casa del Padre, nos ve y nos bendice". Sí, esta es también nuestra seguridad y por eso pedimos al Señor, con todo el corazón, que la Causa de Beatificación y Canonización que empieza esta tarde pueda llegar muy pronto a su conclusión. Los numerosos testimonios que nos llegan sobre la santidad de vida del difunto Papa y de las gracias concedidas a través de él, confirman nuestro deseo.


     Termino, como italiano, agradeciendo enormemente a Juan Pablo II el amor y la atención que tuvo no sólo por Roma sino por toda su "segunda patria", Italia, y agradeciendo desde lo más profundo de mi alma a la Iglesia hermana de Cracovia y a toda la querida nación polaca, en la que Karol Wojtyła recibió la vida, la fe y su admirable riqueza cristiana y humana, para ser regalado a Roma y a todo el mundo.

 

Particolare del libretto della Sessione di Apertura

© fotos publicadas por gentil concesión de L’Osservatore Romano

 

 


Juna Pablo II

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