¡Es poco respetuoso para el Sucesor de Pedro, lo sé!
Pero eres y has sido parte de mi vida durante veintiséis
años sobre la tierra, has sido mi compañero de
viaje, mi ejemplo, mi guía, mi fuerza durante todos
estos años, y hoy sigues estando presente en mi vida
actual.
Aún recuerdo la primera vez que te asomaste a aquel
balcón; tenía poco más de once años, y me fulminaste,
vi detrás de ti una luz inmensa, y mi corazón enloqueció.
Comprendí enseguida que ibas a ser muy
importante para mí... y llegamos al día de mi Confirmación:
mil regalos de escaso interés para mí, pero
cuando menos me lo esperaba apareciste tú, y esta
vez en mis manos, y para mí es como si me hubieras
escuchado y te hubieras presentado en mi casa para
felicitarme: una señora anciana, viuda, amiga de mi
familia me llama aparte y me coloca en la mano un
paquetito blanco, lo abro y enseguida veo tu escudo
pontificio, sigo abriendo, temblorosa, y saco un rosario
blanco de madreperla con el Crucifijo de tu Pastoral,
por un lado tu imagen y por el otro la Virgen
María. Rompo en lágrimas, y me lo cuelgo del cuello;
fue y sigue siendo la experiencia más preciosa de mi
vida, ¡además, porque procede de una religiosa que
te lo hizo bendecir, que ha tocado tus manos santas! Las vicisitudes de la vida, al crecer, me han llevado
a desviarme del camino y a cometer grandes
errores... Tras tu muerte, el día de tu cumpleaños,
hiciste que mis padres quedaran con vida después
de un tremendo accidente de coche: no sé exactamente
cuánto tiempo permanecieron en la carretera
con el riesgo de ser aplastados, ¡pero estoy segura
de que tú estabas con ellos! Hoy me encuentro aquí
a los pies de tu última morada terrena, prostrada
para rendirte homenaje con mis lágrimas y para decirte
gracias, Karletto, porque continúas siendo
parte de mi vida.
porGiuliana
ne, il
Postulatore, La segreteria, il WebMaster, e i collabotaroei
della rivista